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Uncategorized Ralph on 17 Jul 2007
Japón y los hoteles cápsula
Por un momento, suspendamos el tema de este blog, referido a las paradisíacas costas españolas, y pensemos en amarillo. De todos los asiáticos, los japoneses se han caracterizado siempre por su excentricidad y espontaneidad. Los cabellos de colores electrizantes. Verde, rojo, morado. Las modas rebeldes. Las artes propias y, de otro lado, las influenciadas profundamente por la cultura estadounidense y europea. La imagen de uno de sus habitantes literalmente alocado por la presencia de Beckham en uno de los estadios orientales. El Mundial Corea-Japón 2002 sirvió también para reafirmar el espíritu japonés. Y su excentricidad.
Ahora hablemos del turismo. Más allá de que sea uno de los países mejor orientados económicamente, dato que define su perfil turístico de recepción y emisión, es una nación con mucha necesidad de distracción. Su famosa cultura de trabajo y disciplina es la contraparte. Se han mimetizado tanto con la rutina laboral y las responsabilidades que asumen diariamente (razón de su desarrollo), que usualmente olvidan gestos simples como pasar momentos en contacto con la naturaleza o divertirse en un día de campo familiar. Esta característica social es clave para entender su idiosincrasia. “¿Ya?”. No, todavía; no desespere. Ya llegan los hoteles cápsula.
Decía que el excesivo trabajo que realizan los lleva a encontrar vías, a veces inusuales, de salir del automatismo. Algunos japoneses, ya infértiles ante los estímulos normales de entretenimiento, optan por formas extrañas de diversión. Y esa excentricidad, esa creatividad, se convierte, a su vez, en un valor turístico de Japón. Pero no deseo que Usted me golpee con sus palabras, así que empezaré con los famosos hoteles. Claro, si podemos denominarlos así. Allí van. Recíbalos.
Alcanzaron la fama con el film New Rose Hotel (basado en el libro de William Gibson). En él, un joven recuerda sus decepciones amorosas y condiciones existenciales en cuatro paredes. Rectangulares y muy pequeñas. Allí permanece bajo el cuidado de sus ideas y la férrea puerta que cierra el habitáculo que habita. Es un hotel cápsula, un pequeño espacio donde apenas puede dormir, ver televisión e inmiscuirse en el velo de su intimidad. Es preciso para esto último, adentrarse en el mundo interno. La soledad.
Estas áreas personales son agrupadas en varios pisos y, por su pequeñez, parecen conformar un panel de abejas. ¡Pero qué excentricidad! (Cuarta vez que menciono esta palabra. Y no es en vano). Los huéspedes tienen lugares comunes de esparcimiento, como los lockers y baños. Pero son muy pocos. Al menos tienen motivos para no volverse ermitaños. Y como si no les importara la presencia de otros, convierten estas zonas en partes mismas de sus casas. Así, pululan en pijamas y ropas ligeras. ¡Qué tal singularidad!
Japón no es el único país en poseer este tipo de hoteles. Sin embargo, me centro allí debido a la importancia que tienen para algunos de sus habitantes. En una nación donde el metro cuadrado es carísimo, los trabajadores ambulantes prefieren este tipo de habitáculos (masivos) para sus viajes de negocios. Otro tema fundamental es el precio: mientras que un hospedaje promedio (Tokio) puede costar 200 dólares, una de estas famosas ‘ratoneras’ bordea los 40 dólares. Además, no necesitamos tratar con recepcionistas. Abundan las máquinas ¿Polémica?
Una vez leí que los japoneses dan pequeñas soluciones a grandes problemas. ¿Se anima a darse una vuelta al otro lado del mundo? ¿Le gusta la idea de conocer la cultura oriental? Si las limitaciones no son de voluntad, sino de presupuesto, no se preocupe. Imagine, ya vendrá.